Cuando se trata de vender algo, el objetivo es motivar al cliente para que compre. Los motivos son, literalmente, cosas que nos mueven o impulsan para hacer algo, por ejemplo, una necesidad, la búsqueda del placer o el deseo de dar una determinada imagen de nosotros mismos. Uno de los rasgos esenciales que tenemos que tener en cuenta al hablar de motivos es que estos pueden ser inconscientes, lo que explica por qué las técnicas psicológicas juegan un papel tan importante en el marketing, la publicidad y la comunicación política.
¿Quiere decir esto que los responsables de ventas son irracionales? Obviamente no: sólo juegan con la irracionalidad de otros; o mejor dicho, se aprovechan de las limitaciones de la racionalidad ajena. Esto puede parecer moralmente reprensible, pero hay que admitir la validez del argumento que se suele usar en estos casos: el comprador actúa libremente y, mientras no se le haya dado información falsa u ocultado información relevante, tiene responsabilidad exclusiva sobre lo útiles, necesarias o saludables que sean sus adquisiciones. La racionalidad del vendedor se limita a gestionar el conocimiento necesario para ocasionar la compra, nada más.
Pero de este lado del mostrador, las cosas son diferentes. Si el objetivo final de los procesos de pensamiento de un vendedor es la venta, ¿cuál es la meta de un comprador? Dependiendo del bien comprado, la respuesta puede ser sencilla. La mayor parte de las cosas que se compran en un supermercado, por ejemplo, responden a necesidades vitales, y el comprador se comporta en ese caso de una manera bastante sensata sopesando precios y calidades (e ignorando las golosinas puestas “estratégicamente” cerca de la caja). La cosa cambia cuando se trata de comprar una casa o un coche, bienes que también satisfacen necesidades básicas (vivienda, transporte) pero que se asocian a motivaciones más complejas. A veces, una transacción tan seria como la compra de una casa, se decide por el encanto de una piscina, una chimenea o una cocina bien equipada, pasando por alto o minimizando aspectos económicos y de calidad más fundamentales.
No cabe duda de que el comprador es la parte débil de la ecuación, pues mientras que existen investigaciones académicas que sirven de apoyo a las técnicas de venta, la compra sigue siendo todavía en gran medida un acto ingenuo. Convertirlo en un acto racional (esto es, en una búsqueda de razones que lo justifiquen) no sólo redundaría en beneficio del individuo, sino que también contribuiría a mejorar tanto la calidad de los productos y servicios como a controlar las consecuencias sociales negativas del llamado “consumismo”.






